viernes, 17 de abril de 2009

La factoría de las rosas.

Extraños a la luz de la luna. Esas eran las palabras mágicas que te hacían sentir como en casa. Tan feliz. Aquí todo huele a galletas. Galletas con trocitos de chocolate. Caramelo glaseado. Todo está al cuadrado, para variar. Pero esa noche, las paredes estaban quietas. Tranquilas. Y él caminaba atento, tan despacio. No dejando escapar ni un solo sonido que cada pisada producía al morder el moho en las baldosas verdes. Cada murmullo oxidado. Tenía que esperar al día y antes de la noche no pudo encontrar otro lugar. Era lo que más temía, tener que entrar aquí. Y podría haberlo evitado de no ser por la lluvia.

Descubrió algo. Al llegar al patio interior. Una tapia que cubría miles de rosas azules. Pensó que su color solo podía ser producto de esta luz. Me refiero a la de la luna.

Halló una habitación, un baño. Con una bañera en el centro, que daba forma al suelo. Y con un espejo manchado. Del mismo granate que bañaba el lavabo. Ya frío y si, también algo oxidado. Con algunos pétalos por el suelo, pero aquí eran más amarillos. No pudo sino acurrucarse, terribles historias se habían escuchado acerca de este lugar. Y al parecer todas ciertas. Temblaba, y el sudor frío se acumulaba en su frente, tintineando en ellas esa luz azul. Me refiero a la de la luna.

Soñó toda la noche, o quizás no había dejado de hacerlo, quién sabe. Marchó al alba, al creer escuchar la maquinaria, que de nuevo cobraba vida. Tuvo suerte, aquella noche fue la única que esa antigua y abandonada fábrica de galletas que se encuentra al este, en las afueras, no articuló palabra alguna.

Y al volver tras sus pasos no vio las rosas. No a la luz del sol. Las recordó como simples. Extrañas a la luz de la luna. Como cuando recordaban andar juntos, cogidos de la mano por Sus calles.

Wish you were here. Con un lápiz y rápido sobre la pared fría. Wish you were here, desde siempre y hasta el final. Echó a correr.

Y prosiguió su viaje. Y nunca jamás volvió a pisar este lugar.

viernes, 3 de abril de 2009

Un mito.

Quizás seria ingrato partir sin mencionar siquiera un poco este lugar. Esta Ciudad llena de miedo y odio. Llena de amor. En que los sueños no son sino aquello que persigue a cada ciudadano en cada esquina. Construida con historias ladrillo a ladrillo. Unidas por el cemento que sólo los mejores mitos pueden mostrar. Y qué mejor que uno de ellos para rendir mi homenaje. Algo idealista, mi favorito.

"Se daba por entonces el año de hace mucho. Esa época en que las máquinas dejaban de gatear para acariciar sus primeros pasos. En que el hierro perdía su nobleza y el acero regalaba su brillo a la ciencia. Era esa época en que los pulmones de los hombres comenzaron a teñirse de negro, y sus zapatos cambiaron las manchas de barro por el hollín caliente. Humeante en las tardes de lluvia.

Esta era la tierra de las oportunidades, la de la libertad libertada. Y miles de personas se amontonaban en los barcos que llegaban de Europa, de África... Tales personas como esta familia, de origen francés. Un matrimonio humilde, sus dos hijos y la querida abuela, que no sobreviviría a tan largo viaje. Tras su muerte, decidieron abandonar las costas e internarse en las llanuras verdes, en los bosques frondosos. Y fue asi como encontraron este pequeño pueblo, situado entre los dos grandes lagos del Norte.

Apenas les llevó un año construir su modesta vivienda, y no había razón por la que sentirse mal con uno mismo con respecto a la madre natura: por cada madera que era cortada crecían tres más esa misma noche. El mismo bosque les brindaba sabrosos almuerzos y, a pocos metros, el Otherside River era siempre muy amistoso. A pocos metros para cualquier persona quizás, pero no para un niño de siete años, como era el caso del joven Elwood. En realidad se llamaba Jacques, pero desde que descubrió este nombre a bordo del barco había obligado a todo el mundo a llamarlo así. "¡Elwood, Elwood! ¡Elwood me quiero llamar!". Pero Elwood era el que peor se estaba acostumbrando a la nueva vida, tan alejada de casa (por más alto que trepase a los árboles nunca conseguía vislumbrar su gran torre de metal). Además, no se llevaba muy bien con los otros niños del pueblo; estaban siempre manchados, eran demasiado brutos para el joven y delgado Jacques. Perdón, Elwood.

Pero sin duda había algo peor que cualquier otra cosa en el mundo para el niño, y eso era la despiadada Bèatrice. Que siempre se burlaba de él. Cuando el pequeño se sentaba en una roca para escuchar a los pájaros, ella siempre le tiraba al río. O si no, cuando Elwood miraba una margarita ella siempre la arrancaba. Y después le empujaba al río. Un día, tratando de esquivarla, ambos toparon con un gran rosal, que crecía justo a la entrada del bosque. Un rosal precioso y florecido. Ambos niños quedaron boquiabiertos. Parecían rosas de papel... "Granates..." susurró Elwood. "No, son rojas. ¡Como mi pelo!" "¿Es que todos los polonios sois tan orgullosos? ¡Son granates!". Y, como no había agua, Elwood acabó en un gran charco de barro.

A pocos metros para cualquier persona quizás, pero la distancia que separaba el pueblo de la orilla favorita de Elwood era un trecho lo suficientemente largo como para no poder ser encontrado por nadie nunca más. Y menos por la malvada Bèatrice. Así que se arrodilló en el suelo y con su dedo dibujó en él un cuadrado. No muy grande, pero tampoco minúsculo, claro. "Aquí me haré yo un pueblo. Y ella nunca podrá encontrarlo". Y para estar del todo seguro, escribió "GRANATE" en el centro.

Años después aquel cuadrado se convirtió en una hermosa casa de madera blanca. Rodeada por una increíble rosaleda. Con rosas de mil colores.

Por supuesto se amaron, y como poca gente lo ha hecho. Y fue de ellos que nació una ciudad. Granate."