martes, 24 de noviembre de 2009

La leyenda de una dama en la cascada.

Me gustaría invitarte a una historia. Esta; la historia de la fugaz dama que en la cascada se halla. En realidad, más bien una dama, pues ella se consideraba como otra cualquiera. Amaba pasear tranquila y sola, pisar en otoño las hojas rotas.

Amaba la quietud del bosque, verde y oscuro, marrón. Amaba los susurros que de sus árboles, y en estos de sus ramas, brotaban. Aunque la mayoría de las veces no le diese tiempo, claro está, a escuchar todas aquellas palabras.

Es bella, ella pensaba que como cualquier otra. Pero en su inocencia, olvidaba que siempre hay alguien que, en la distancia de sus pensamientos nos observa atónito. Parecía como pintada, se difuminaban sus contornos entre luces reflejadas en las hojas. Y goteaba pintura tras sus pisadas. Aunque no colores muy fuertes, pronto se escondían entre la hojarasca.

Pobre dama, solía estar bastante triste por aquella época. Ella, ¡tan feliz! ¡tan risueña! Tan llena de vida. Solía pasear tranquila y sola, pisar en otoño las hojas rotas. Y cuando llegaba a esta cascada, la del cristal en las gotas; se desprendía de su ropa. Descendían despacio las telas de sus hombros y caían livianas sobre la tierra mojada. Pero quedaban secas hasta su regreso.

Y despacio, no podía ser de otra manera, alcanzaba con las yemas de sus dedos el agua. Resbalaban su piel tranquilas, afortunadas. Y ella se tocaba el pelo.

Brotaban entonces pequeñas de sus ojos. Se posaban en sus mejillas y brillaban. Contenían el mundo entero. Cientos de hombres batallando, cientos de mujeres esperando. Aquellas gotas eran la vida en sí. Reflejaban al niño y la luna, incluso. La música rota de los pintores, el batallón acelerado de sus pinceles sangrantes. Los edificios resquebrajados, la risa de los más borrachos.

Pobre dama. Ella se viste. Ama pasear tranquila y sola, pisar en otoño las hojas rotas. Seguir todo el camino descalza, más allá, mucho más allá del horizonte.

Pobre dama.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Algunos consejos en casos de desesperante hambruna.

Nada dura eternamente. Yo, por mi parte, suelo comer frutas que encuentro colgando de los árboles. Pequeñas fresas en pequeños pueblos. Otras las guardo para otros tramos de camino. A veces, cuando no me queda nada, suelo morder en la distancia. Un pedazo de camino con algunos arbustos. La falda de una montaña.

Nada dura eternamente. Y en momentos de hambruna es siempre aconsejable no desesperarse. No deben matarse animales, se recomienda no robar. Mendigar por las esquinas está bien. Pedir pedazos de pan. Recuerdo cuando solías ponerte a parte y llorar, pues no encontrabas una salida. Y desde fuera todo es muy fácil, desde dentro demasiado complicado.

Nada dura eternamente. Y en momentos de hambruna es siempre aconsejable mirar en los ojos de aquello que siempre te hizo estar saciado. Es por eso que te imagino aquí conmigo. Te imaginé ayer, en aquel camino. Y bien sabes que mañana volveré a dejarte una nota en cualquier senda. En el agua del río. Sólo por si algún día te apetece venir a buscarme. Es por eso que te imagino allí conmigo. Y nunca te he conocido. Jamás te hablé.

Nada dura eternamente. Excepto tú y yo. Yo contigo.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Revoluciones solamente.

Y también aquí, por algún lugar extraño o inesperado quizás. Ya han caído los ángeles del cielo y quedado en tierra. Ya se han marchado. Cantando, silbando.

Intentaron volver a subir hace dos días. Pero esta vez con escaleras, según parece existe un punto a partir del que la gravedad es extremadamente fuerte. Y se adhiere a tus pies.

Las montañas del prado son verdes. Y también los árboles. Camino solo, pero contento.

Y de entre los árboles surgen las escaleras al cielo infinitas. Con multitud de ángeles a ellas subidas. Trepando y volviendo a bajar. Cantando, silbando.

Es digno de ver.

domingo, 15 de noviembre de 2009

There.

Somebody help me sing?