Me gustaría invitarte a una historia. Esta; la historia de la fugaz dama que en la cascada se halla. En realidad, más bien una dama, pues ella se consideraba como otra cualquiera. Amaba pasear tranquila y sola, pisar en otoño las hojas rotas.
Amaba la quietud del bosque, verde y oscuro, marrón. Amaba los susurros que de sus árboles, y en estos de sus ramas, brotaban. Aunque la mayoría de las veces no le diese tiempo, claro está, a escuchar todas aquellas palabras.
Es bella, ella pensaba que como cualquier otra. Pero en su inocencia, olvidaba que siempre hay alguien que, en la distancia de sus pensamientos nos observa atónito. Parecía como pintada, se difuminaban sus contornos entre luces reflejadas en las hojas. Y goteaba pintura tras sus pisadas. Aunque no colores muy fuertes, pronto se escondían entre la hojarasca.
Pobre dama, solía estar bastante triste por aquella época. Ella, ¡tan feliz! ¡tan risueña! Tan llena de vida. Solía pasear tranquila y sola, pisar en otoño las hojas rotas. Y cuando llegaba a esta cascada, la del cristal en las gotas; se desprendía de su ropa. Descendían despacio las telas de sus hombros y caían livianas sobre la tierra mojada. Pero quedaban secas hasta su regreso.
Y despacio, no podía ser de otra manera, alcanzaba con las yemas de sus dedos el agua. Resbalaban su piel tranquilas, afortunadas. Y ella se tocaba el pelo.
Brotaban entonces pequeñas de sus ojos. Se posaban en sus mejillas y brillaban. Contenían el mundo entero. Cientos de hombres batallando, cientos de mujeres esperando. Aquellas gotas eran la vida en sí. Reflejaban al niño y la luna, incluso. La música rota de los pintores, el batallón acelerado de sus pinceles sangrantes. Los edificios resquebrajados, la risa de los más borrachos.
Pobre dama. Ella se viste. Ama pasear tranquila y sola, pisar en otoño las hojas rotas. Seguir todo el camino descalza, más allá, mucho más allá del horizonte.
Pobre dama.