Extraños a la luz de la luna. Esas eran las palabras mágicas que te hacían sentir como en casa. Tan feliz. Aquí todo huele a galletas. Galletas con trocitos de chocolate. Caramelo glaseado. Todo está al cuadrado, para variar. Pero esa noche, las paredes estaban quietas. Tranquilas. Y él caminaba atento, tan despacio. No dejando escapar ni un solo sonido que cada pisada producía al morder el moho en las baldosas verdes. Cada murmullo oxidado. Tenía que esperar al día y antes de la noche no pudo encontrar otro lugar. Era lo que más temía, tener que entrar aquí. Y podría haberlo evitado de no ser por la lluvia.
Descubrió algo. Al llegar al patio interior. Una tapia que cubría miles de rosas azules. Pensó que su color solo podía ser producto de esta luz. Me refiero a la de la luna.
Halló una habitación, un baño. Con una bañera en el centro, que daba forma al suelo. Y con un espejo manchado. Del mismo granate que bañaba el lavabo. Ya frío y si, también algo oxidado. Con algunos pétalos por el suelo, pero aquí eran más amarillos. No pudo sino acurrucarse, terribles historias se habían escuchado acerca de este lugar. Y al parecer todas ciertas. Temblaba, y el sudor frío se acumulaba en su frente, tintineando en ellas esa luz azul. Me refiero a la de la luna.
Soñó toda la noche, o quizás no había dejado de hacerlo, quién sabe. Marchó al alba, al creer escuchar la maquinaria, que de nuevo cobraba vida. Tuvo suerte, aquella noche fue la única que esa antigua y abandonada fábrica de galletas que se encuentra al este, en las afueras, no articuló palabra alguna.
Y al volver tras sus pasos no vio las rosas. No a la luz del sol. Las recordó como simples. Extrañas a la luz de la luna. Como cuando recordaban andar juntos, cogidos de la mano por Sus calles.
Wish you were here. Con un lápiz y rápido sobre la pared fría. Wish you were here, desde siempre y hasta el final. Echó a correr.
Y prosiguió su viaje. Y nunca jamás volvió a pisar este lugar.
...me ha encantado
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