Por aquí la boca empieza a secarse. Apenas le quedaba saliva y de haber, la sensación se volvía algo pastosa. Las pisadas apenas quedaban reflejadas, el leve soplido que levantaban borraba cualquier marca. Había escogido el único camino árido.
Por fin llegó al árbol, y como siempre se quedó mirando sus ramas: las formas que dibujaban y la sombra que frente al sol proyectaban, desafiantes. Estaban tan retorcidas que podrían provocar tristeza, aunque como todo, supongo que depende del lado en que lo estuviese mirando.
A él le gustaban. De echo, solía andar hasta allí normalmente, mirar el horizonte y sentir miedo ante su gran vacío. Secó el sol de su frente y aprovechó la sombra. Se fijó que de este lado asomaban algunas raíces, con algo de musgo verde. Sonrió, porque él sabía que aquellas raíces llegaban a algún lugar escondido. Quizás hasta el mismísimo centro del planeta, o quién sabe si asomarían por el otro extremo, mostrando un árbol verde y hermoso. Lleno de manzanas que supiesen a naranja. Quién sabe, pero seguro que no como este. "Seguro que no..." pensó.
Se dio la vuelta y miro aquel vacío. Por un momento se tornó esperanzador. Y dio un paso más, consciente de que nunca había estado tan lejos.
Suavemente tocó sus dedos. Sonrió con los ojos cerrados y poco a poco, al retomar su camino, cogió su mano entera. Y caminaron juntos, y sus pisadas apenas quedaban reflejadas, el leve soplido que levantaban borraba cualquier marca.
Esta vez no escribió nada. Pensó que seguramente alguien, allá donde quiera que llevasen esas raíces, tendría mucho más que contar.
Y con la misma sed siguió andando.
Seguro que esto es menos críptico para la implicada.
ResponderEliminarLos pasos, las manzanas que saben a naranja, las raíces...
Aún así...