Es difícil seguir el ritmo que lleva el propio camino. Puede hacerse agotador. E incluso, si estás tan despistado queriendo alcanzar -y teniendo en cuenta que hablar de un final es una idiotez- algo, o a alguien, corres el riesgo de llegar a olvidar tu propio nombre.
Este es el lugar al que vienen todos los yonkis. Donde el tiempo va rápido, pero no lo demás. Es un pueblo fantasma en medio de ninguna parte. El decorado de un western olvidado, cuyos actores quedaron sumergidos en sus propias imágenes. Bueno, supongo que entre todos tiramos hacia abajo de sus pies. Y quien era distinto, quien quiso resistirse, quedó relegado a ser, simplemente a ser.
Ya no son capaces de aporrear siquiera aquella guitarra que les dio el aliento para soñar. ¡Esque ahora pueden oír todo lo que quieren en su cabeza! Te equivocas, yo conocí una niña que se emborrachó la primera vez que vio un tulipán. Hemos olvidado al arte. Le es difícil seguir el ritmo que lleva el propio camino. Junto con aquellos que quedan también atrasados, porque se les hace agotador seguir sus pasos. E incluso han llegado a olvidar su nombre. ¡Ah, pero no su arte!
Te echo de menos, Señor Viento.
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